3-
Las cenizas de Ángela – Frank McCourt
Un libro muy diferente a los otros
que elegí. Triste a morir. Cuenta la historia de la familia McCourt, viviendo
en la pobreza extrema en Irlanda. La historia, que es la del autor mismo,
muestra como el niño logra sobrevivir a pesar de todo – el hambre, las
enfermedades – en un mundo donde nada parece salir bien para él. Aún así, hay
momentos de felicidad, pequeños y sencillos, nacidos a mi entender, de la gran
capacidad de los niños para ser felices con poco, siempre que haya una familia
que les brinde amor.
McCourt libera en la novela los
fantasmas de su pasado…
2-
El vino del estío – Ray Bradbury
Un autor que no se caracteriza por
el estilo literario que presenta este libro, me ha atrapado con la obra. Es un
exquisito relato que transcurre en un verano en Green Town. Llena de nostalgia,
de fácil lectura y una ternura enorme, es una novela imperdible.
1-
Chico Carlo. Juana de Ibarbourou
Recuerdo que cuando era
adolescente, mi mamá leyó esta serie de cuentos y nos recomendó a mí y a mis
hermanas que la leyéramos. Supongo que como el título no nos parecía atractivo,
no le prestamos importancia entonces. Pero cuando, siendo más grandes, nos
aventuramos a leer el libro, quedamos fascinadas con él.
Es el libro de memorias de
infancia por excelencia. No sé si es por cómo lo cuenta Juana, o porque Uruguay
es nuestra Latinoamérica y sus recuerdos se parecen a mis recuerdos, pero sin
duda lo volveré a leer mil veces con la misma ansiedad y me hará llorar y
enternecerme cada vez…
Les comparto un trocito de uno de
los cuentos – uno de mis preferidos – Abuela Santa Ana:
“… Feliciana, analfabeta cándida,
era una gran maestra. Ella dio magnificas clases de fantasía a mi imaginación:
- Feli, ¿los bichitos de luz
llevan colgada en la cola una lamparita que se prende y se apaga?
- Pois sí, Susana. O Niño Jesús dioles
candelas para que alumbraran ó caminho de bobó Santa Ana, cuando iba ó
visitarlo de noite, á escondidas dos mamelucos de Herodes.
Desde entonces no cacé más
luciérnagas para guardarlas dentro de frascos transparentes y darme la ilusión
de poseer un trozo de cielo estrellado
dentro de mi cuarto, después que mi madre, apagando de un soplo la lámpara, me
decía con voz de terciopelo:
- Hasta mañana, Susana. Que la
Virgen María te arrope en su manto y que el Ángel de la Guarda cuide bien tu
sueño.
No, nunca más apresé bichitos de
luz. ¿Cómo iba a dejar sin sus candelas a la Señora Santa Ana? Se perdería en
el camino y acaso la apresasen los mamelucos (versión de Feliciana), del terrible
tetrarca de Galilea.
Mi hijo heredó ese respeto por las
luciérnagas. Abuela Santa Ana puede estar segura que ya ninguno de mi raza la
dejará a oscuras en las nocturnas visitas a su divino nieto. La gente de
nuestros campos siempre la ven cruzar por sus sembrados (señal infalible de
buenas cosechas), con las manos llenas de manzanas o naranjas para Jesucristo.
Delante suyo van los gusanos de luz aclarándole las sombras. Yo también la vi.
La vio mi hijo cuando empezó a gustar el encanto de los cuentos, llenos de
sucesos maravillosos tan ciertos como el sol. Han de verla mis nietos, todos
los niños de mi sangre. Como Abraham, sueño ya con los que en mí han de tener
raíz. Fundo una familia en la que las tradiciones han de ser amadas y
cultivadas como parte de la riqueza doméstica. En el descendiente que a los
cinco años no crea en los duendes y los encantadores, en los animales que
hablan y las cosas secretamente animadas por un espíritu como el suyo, apenas
estará mi sangre. Mis descendientes de edad no mayor que el número de los dedos
de la mano con que trazo estas palabras, para que los reconozca mi sombra, han
de ser amigos y hasta compadres, del buey que calentó con su aliento al sagrado
niño del portal de Belén, del perro ovejero que defiende del diablo, con
disfraz de lobo, al rebaño confiado a su custodia, de las golondrinas que con
el pico fueron quitando a Cristo la corona de espinas de la frente; del
chingolo que le avisa al labrador cuando viene viento, o cuando anda cerquita
la lluvia. Y aún del ñandú tonto que esconde la cabeza entre los pastos,
creyendo así despistar a los cazadores; de la vaquita Victoria; del Juan Grande
presumido con sus medias rojas; de las garzas que hacen visitas a la luna; de
la perdiz rabona y silbadora, de la mulita que sabe enternecer a sus verdugos
pidiendo perdón con las manos juntas; del venadito, lleno de gracia, y del tero
despistador. De todo es mundo fresco, cándido, encantador y puro, que ilumina
la infancia y que nos da lo fabuloso cuando lo necesitamos tanto como nuestro
tazón de leche en el desayuno y el diario y bendito pan de corteza crujiente y
dorada. Los animales son nuestros aliados perfectos. Tilo, mi perro, está aún
en mi corazón, después de más de treinta años en que el polvo de su cuerpo
vestido de pelo amarillo se mezcló a la madre tierra de Cerro Largo…”
¿Bonito, no?
Santa semana para todos.
Lilian