Rayuela está entre los libros que
más me gustan. Sé que es muy amado por algunos y para otros es una pavada que
no pueden comprender.
Lo que me pasa con este
libro, y por eso sé que es de mis preferidos, es que me provoca tener que
releer partes cada tanto. Además tiene esa nostalgia asesina que me fascina en
los libros…
Cortázar poseía la capacidad de
tomar elementos verdaderamente triviales, como un paraguas, una gota de lluvia,
y escribir en base a ello una página entera de poesía exquisita.
He aquí los fragmentos elegidos:
3-
Capítulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el
borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por
primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo
todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano
elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana
libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un
azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por
debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada
vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de
cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los
cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan
tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los
dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume
viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar
lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la
boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y
si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible
absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una
sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí
como una luna en el agua.
2-
del Capítulo 93
Pero el amor, esa palabra…
Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas,
desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los
nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas
las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos
o los recuerdos. Amor mío, no te quiero
por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame
a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde
me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de
la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa,
hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar,
con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los
autobuses), me atormenta tu amor que no
me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás
Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me
mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla,
te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te
curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro...
(…)
… Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto…
… Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto…
1-
del Capítulo I
Oh
Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor,
una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un
paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te
acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del
Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías
encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo,
sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los
autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un
dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un
chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el
parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras,
jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y
nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas
encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en
el cielo innoble del tacho de la basura o del cordón de la vereda; entonces yo
lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del
puentecito del ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo
de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente
creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se
hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la
mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga,
según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del
parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna
pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un
insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como
antes. Terminado. Se acabó. Oh, Maga, y no estábamos contentos.
(...)
Y
mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para
desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di
cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por
cerrar los ojos…
¡Buena semana!
Lilian





