viernes, 15 de febrero de 2013

TRES… CUENTOS ARGENTINOS



¡Buen viernes! Ahora sí, de regreso a la rutina y la frecuencia de publicación.
Para hoy elegí un tema que es para mí uno de los mayores placeres: la literatura. No leí durante el verano todo lo que hubiera querido, pero pude leer un par de novelas y releer algunos cuentos. Leer no se compara con nada, y si bien es una actividad solitaria, es luego un tema de charla increíble.
Mi género preferido es la novela. Con todo, últimamente he descubierto que los cuentos pueden fascinarme, y tienen la ventaja de poder leerse en un rato.
Elegí cuentos argentinos, simplemente porque leo poca literatura nacional y es una cierta forma de reivindicación de los grandes autores nuestros.
Tres estilos muy diferentes, porque, como dicen por ahí, en la variedad está la diversión.

3- Continuidad de los parques – Julio Cortázar
A Cortázar lo redescubrí hace poco y cada vez me gusta más. Tiene un estilo literario único y sorprende, como en este cuento:

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


2- El árbol de lilas – Ma. Teresa Andruetto
Corto, simple y glorioso. Cada vez que me acuerdo de este cuento, tengo que leerlo…

UNO
     Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.
     Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de trabajar y hacer dinero?
     Y el hombre le contestó:
     - Espero.
     Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
     Y el hombre le contestó:
     - Espero.
     Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
     Y el hombre le contestó:
     - Espero.
      Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser feliz?
     Y el hombre le contestó:
     - Espero.
  
DOS
     Ella salió de su casa.
     Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
     Miró rápidamente al hombre.
     Al árbol.
     Pero no se detuvo.
     Había salido a buscar, y tenía prisa.
      El la vio pasar,
     alejarse,
     volverse pequeña,
     desaparecer.
     Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.

     Ella fue por el mundo a buscar.
     Por el mundo entero.
     En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
     - ¿Sos el que busco?
     - Lo siento, pero no,
dijo el hombre con las manos de seda.
     Y se marchó.

     En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
     - ¿Sos el que busco?
     - No lo creo, me voy,
dijo el hombre con los ojos de agua.
     Y se marchó.

     En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
     - ¿Sos el que busco?
     - Te esperaba hace tiempo, ahora no,
dijo el hombre con los pies de alas.
     Y se marchó.

     En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
     - ¿Sos el que busco?
     - No, no soy yo,
dijo el hombre con la voz quebrada.
     Y se marchó.

TRES
     Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
     Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
     La gitana la miró y le dijo:
     - El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.
     Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de alas y al que tenía la voz quebrada.
     Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
     Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
     Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
     - ¿Qué haces aquí, sentado bajo este árbol?
     Y el hombre dijo con la voz quebrada:
     - Te espero.
     Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua,
     la acarició y ella supo que tenía las manos de seda,
     la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.


1- Caballo en el salitral – Antonio Di Benedetto
Que me disculpen Borges y Cortázar, pero el mejor cuento argentino es éste. Lo descubrí hace un tiempo en una publicación de Alfaguara “los quince mejores cuentos argentinos”, para la que se organizó una votación entre autores y críticos.
Me gusta mucho el estilo natural de la obra y sobre todo el final. Les dejo aquí el link en el cual pueden leer la obra:

http://www.literatura.org/DiBenedetto/adbTexto2.html

 ¡Qué tengan muy buena semana!
Lilian

2 comentarios:

  1. me encanta el de Andruetto porque además es la historia de unos amigos queridos. y la de Caballito en el salitral me lo descubriste vos, es realmente hermoso, difícil de leer y profundo. el de Cortázar como siempre no me gusta, tiene que haber otro cuento argentino mejor que ese estoy segura....jaja

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  2. Es sólo "tres cuentos argentinos". No digo que sean los mejores, aunque, sin duda, considero que Caballo en el salitral es lo máximo...

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